El desafío de la identidad: cuando nos llega el ¿y esta quién es?
- fatimaagycoelho
- 5 nov 2025
- 5 min de lectura
En este 2025 me pasó: un día me desperté y no me reconocí. No podía preguntarme ¿quién soy?, sino ¿quién eres? Así de extraña me resultaba.
La identidad que había construido y definido muy a consciencia tenía que perseguir unos sueños que se me empezaron a parecer más a metas, KPI’s y un destino que ya yo no sabía si quería elaborar en mi presente.
En mis ejercicios de visualización mientras meditaba, esas fotos dejaron de aparecer. ¿Quién es esta persona que me usurpa entonces, que ya no tiene ni la motivación ni el deseo de ir por lo que necesito para tener la identidad que se supone era la mía? No saber qué es lo que quieres, cuál es el próximo paso y hacia qué dirección avanzar debe ser una de las formas más incómodas de habitarnos.
Entonces me di cuenta de que esta vez la solución no estaba a la vuelta de la esquina, que no se trataba de una sola pregunta a la que tenía que darle respuesta. Por el contrario, tenía frente a mí un rompecabezas de mil piezas que debía armar desde cero: revisar más allá de la identidad que pensé que tenía y revelar(me) quien realmente había sido los últimos años: hacer esos descrubrimientos podía ser el punto de partida.
Yo no había terminado aún la primaria y ya tenía los nombres de mis hijos escogidos, y los tuve muy claro por años. Soñaba no solo con mi boda, sino con el que sería mi esposo. Me visualicé infinitas veces el tipo de esposa y mamá que yo sería también: mientras más tradicional y conservadora fuese esa historia, más sentiría que estaba cumpliendo mi sueño. Yo quería ser la mamá del comercial con su camisa de puños, una media cola limpia con el rostro despejado, perlas como zarcillos y caminar por el pasillo de un supermercado mientras le sonrío a la caja de cereal que tomo del anaquel.
Siempre pensé, o al menos por mucho tiempo, que el rol que tenían mis papás de protegerme y proveerme un día iba a ser ocupado por un esposo. Yo no tenía que preocuparme por un trabajo, por generar ingresos, por mantener una casa o ni siquiera a mí misma; de lo único que tenía que ocuparme era de ser una esposa y mamá ejemplar. De hecho, esa filosofía de ser una mamá ejemplar fue una brújula que prácticamente guió mis valores y acciones en casi toda mi historia. Yo me debía moralmente a unos hijos que aún no tenía.
Me casé, fui la esposa y los hijos no llegaron. El esposo quiso dejar de serlo y hasta ahí llegó ese cuento, pero yo salí al mundo otra vez con la convicción de que mi proyecto seguía vigente y solo sería cuestión de encontrar un nuevo socio, aquel que llenara la figura de papá y esposo en la foto de navidad junto al árbol. La verdad, no era un anhelo tan pragmático como suena: yo seguía queriendo una historia de vida y una historia de amor en la misma historia.
Entonces, ya desde hace algún tiempo, yo no era la esposa de nadie, y nunca he sido la mamá de nadie. Por el contrario, sí fui y sigo siendo (casi que por mecanismo de supervivencia) la mujer ultraindependiente, autoproveedora, autosuficiente, con una carrera que no dejó de crecer y empezó a darme validaciones que me estimulaban para ir por más, con un montón de hobbies solitarios que me habían dado sentido de realización, y acompañada de una comunidad de amigos y familia como fuente de conexión con mi humanidad. En esa estructura no había un socio indispensable, ni mis metas y ambiciones en ese contexto estaban atadas a la voluntad y disposición de otro.
En el 2023 me tatué la frase “siempre me tengo” para recordarme que, por más cuesta arriba que se ponga la vida, yo soy “una tipa que resuelve”, una “gata que siempre cae parada” y una máquina de resiliencia bastante terca ante las circunstancias. Los últimos años me había probado a mí misma, una y otra vez, que soy la persona más fiel con la que cuento; que me sé cuidar, que siempre me cumplo porque me doy lo que me prometo.
Dediqué mucho tiempo , y hasta un libro, a un duelo que prolongadamente se sentía más grande que yo en todas mis dimensiones. Y cuando logré avanzar bastante en esa elaboración, me di cuenta de que tenía el “nido vacío”. ¿Quién soy yo si ya no tengo un dolor que resolver, una ausencia que lamentar, una persona que extrañar, un rechazo que sobrellevar?

En el camino de esa reconstrucción, y casi que por arte de magia (estoy segura de que más bien por obra de Dios), la posibilidad de vivir el viejo sueño comenzó a ser prácticamente una realidad y, como dice alguien que ha sido un gran maestro para mí, todo estaba llegando en “bandeja de plata”. Pero me desperté un día del 2025 y esos viejos sueños ya no los encontraba en mi alma. Los sigo buscando.
Casi toda mi vida fui una mujer con una identidad muy clara de lo que quería ser, cómo lo quería encarnar y para qué la quería tener. A mis 25 tenía una claridad absoluta; a mis 39, una parte de mí vuelve a sentirse como una adolescente que puede saltar de idea en idea sobre lo que quiere ser cuando sea adulta.
No sé si sea la perimenopausia, la crisis de los 40 (¿esa no le da a los hombres nada más, pues?) o mucha inconsciencia que he arrastrado los últimos años y hasta ahora estoy sintiendo las consecuencias.
Todas las preguntas de este texto siguen sin respuesta. La única certeza que tengo es que una versión más auténtica de mí está naciendo, porque aquí no estamos agarrando nada “a la primera”. Todas las posibilidades están siendo escrutinadas a la luz de la coherencia, de mis capacidades, de mis motivaciones y de aquello que me lleva a dormir tranquila.
A veces nos diseñamos identidades que, más que orientarnos el camino, se parecen a una cárcel. Y como estoy en una de rebeldía, pienso que tenemos todo el derecho de redefinir nuestras identidades las veces que nos dé la gana; que si por años fuimos una cosa, en otra década podemos ser algo completamente distinto. Y si siempre habíamos remado el barco hacia una dirección porque pensábamos que sabíamos el destino al que queríamos llegar, también es válido parar y darle hacia un rumbo distinto. Esta declaración no es un rechazo a la vida familiar (sigo pensando que es el proyecto más importante y necesario, aunque lo dudé que lo sea para mí, tampoco una apología a la ultraindependencia femenina que parece estar de moda.
Quiero que mi historia termine dándome la satisfacción a mí y solo a mí de que viví una vida bien vivida, no siendo la “típica mujer que hace tal cosa”; no quiero ser la “típica mamá y esposa”, la “típica ejecutiva exitosa”, la “típica mujer soltera independiente”, la “típica escritora”, la “típica tía soltera”. Ya dejé de perseguir “la típica”, por el contrario quizás genuinamente soy la atípica que vivió en muchas contradicciones que la llevaron a tener una versión más expansiva de sí misma cada vez. A estas alturas de mi vida es difícil etiquetarme, y eso no me hace sentir más o menos orgullosa, realmente es la identidad no identificada que siento que tengo hoy.
Y como a mí me encantan las historias ajenas, ¿y tu identidad? ¿Cómo vas con eso? Me encantaría escuchar tu versión (y si hay alguien más en las mismas). Quizás esta temporada es otra forma de vivir #LaBellezaDeRompernos.
Agy


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